Primero, se estudia el agua. Se mide cuánta agua residual llega, cómo cambia a lo largo del día, y qué tan contaminada está: cuánta materia orgánica, sólidos, grasas o químicos trae. Esto se hace antes de diseñar cualquier equipo.
Se sacan los sólidos grandes. Antes de cualquier otro paso, se retiran arena, basura, trapos, grasas y otros sólidos que podrían dañar bombas o tuberías más adelante.
Se pareja el flujo de agua. El agua residual no llega siempre igual: hay horas con mucho más caudal que otras. Por eso se usa un tanque que guarda parte del agua y la va soltando de forma más pareja, para que el resto del proceso trabaje mejor.
A veces se agregan químicos. Si la carga de contaminantes es alta, se pueden agregar químicos que ayuden a separar sólidos y grasas antes de la etapa biológica.
Bacterias limpian el agua. Este es el corazón de una PTAR: se usan microorganismos que consumen la materia orgánica del agua. Para que trabajen bien necesitan oxígeno, por eso se les inyecta aire.
Se separa el agua limpia de los sólidos. Después de que las bacterias hacen su trabajo, hay que separar el agua ya tratada de los sólidos que se formaron, llamados lodos.
Se desinfecta, si se necesita. Dependiendo de a dónde va a ir esa agua después, puede ser necesario desinfectarla para eliminar microorganismos que puedan ser un riesgo para la salud.
Se maneja lo que sobra. Los lodos que se generan durante el proceso deben espesarse, secarse y desecharse siguiendo la normativa ambiental. No se pueden botar así como así.